jueves, 29 de diciembre de 2011

Le quieres demasiado para odiarle.

-No es imbécil, no es un capullo, ni un cabrón, ni siquiera un hijo de puta. El problema no es suyo, sino mío. El problema es, que le quiero tanto que le odio por hacerme daño. Pero eso no es culpa suya, eso el algo que tarde o temprano acabaría pasando. Y yo lo sabía. Miré hacia otro lado pensando que así se solucionaría todo. Pero no fue así. El tiempo pasa, y se lleva con él todo lo bonito que hay en un principio, los besos a escondidas, las caricias suaves, los mordisquitos en el cuello, el tiempo se lo lleva. Al fin y al cabo es eso, el tiempo.
-¿Ves? ¿Te das cuenta de lo que dices? No es el tiempo el que te ha utilizado, no es el tiempo el que ha jugado contigo. Ha sido él. Él. ¿Pero sabes lo que pasa? Que le quieres demasiado como para odiarle, que no puedes admitir que es un imbécil, un capullo, un cabrón y un hijo de puta. Porque lo quieres demasiado. Tampoco es culpa tuya, tu miraste hacia otro lado pensando que los problemas desaparecerían así, ¿pero quien no hace eso? Todos esperamos que al mirar hacia otro lado desaparezcan los problemas. Pero tú, y yo, y él, todos sabemos también que no desaparecen.

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